La política y la religión siguen afectando a millones de seres humanos que ven cada día cómo ambos poderes se retroalimentan y declaran guerras.  

En algún momento la religión dejó en apariencia de ser influyente al perder el poder político que había sustentado por milenios lo que hizo pensar a la política, entiéndase a los políticos, que ellos serían los nuevos sacerdotes de la fe humanista. Con el paso del tiempo los unos y los otros se dieron cuenta de que se necesitaban mutuamente para ejercer su despótico poder y seguir controlando a las masas diseñando lo que hoy llamamos sincretismo. Una forma de control social que generó y sigue generando resistencia entre aquellos que aún no tienen la conciencia cauterizada.  

El Marxismo como parte de la “religión comunista” sentó las bases para lo que creían sería el final del poder religioso alegando que la religión es el opio del pueblo. La religión oficial en este caso de la Rusia de Putin no deja de ser, como lo son otras religiones, un opiáceo que se usa para insensibilizar a los soldados rusos de las crueldades que están cometiendo en Ucrania. La misma táctica que usó Japón drogando a sus pilotos suicidas con el sincretismo político religioso del Imperio del Sol Naciente y su divinizado emperador e igualmente la táctica que siguen usando los islamistas y sus ayatolas para destruir Israel y aniquilar a todos los judíos del mundo. El sincretismo es el arma más destructiva y peligrosa que se ha inventado por parte de ambos poderes, el religioso y el político, que se justifican el uno al otro con arrogante crueldad.  

El sumo sacerdote del marxismo soviético bajo las siglas KGB, una especie de secreto vaticano ruso presidido en realidad por Putin, ya entendió hace mucho tiempo que la mejor fórmula para dominar a las masas es el mencionado sincretismo. Los mayores dictadores del mundo suelen ser los más grandes defensores del sincretismo, de los cuales Putin es el más dañino exponente, aunque tampoco es ni mucho menos el único. La estrategia vaticana de unir a todas las religiones, sin importar lo que crean o dejen de creer, es la hoja de ruta que también sigue Putin bajo el epígrafe del Ecumenismo. 

La política usa la religión que tiene a mano para forzar a los pueblos a que sigan ciertos preceptos de apariencia religiosa con los cuales someter a las masas. La tierra está sembrada de espinas político-religiosas que han convertido a muchas personas de bien en campos estériles e insensibles a toda ayuda al prójimo. La política y la religión han producido el nivel más bajo de fe en todas las naciones por el sincretismo que exhiben muchos dirigentes mundiales al estilo de Putin que con una mano se santigua y con la otra amenaza con apretar el botón nuclear.      

La que podríamos definir como la desputinización de Rusia exige primeramente la desincretización y desecumenización de la extinta Unión Soviética en esta nueva versión 2.0 en la que se ha convertido. La política rusa es también el opio del pueblo que está induciendo a los seres humanos a odiarse y asesinarse sin el menor cargo de conciencia. Así es el opio sincretista que ahora está consumiendo a Rusia y Ucrania. Todo esto no debe confundirse con la verdadera religión que promueve el cuidado del huérfano, la viuda y el extranjero en un mundo en el que todos somos responsables los unos de los otros. Hazlo saber.  

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