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En Israel la política y la religión son inseparables, aunque el primer ministro saliente Lapid ha intentado romper la más antigua idiosincrasia judía.

La acusación de Lapid que el gobierno de Netanyahu hará de Israel “un estado halájico” nos hace entender el dramático concepto de unos dirigentes, coaligados contra natura, para quitar la responsabilidad de primer ministro a Benjamín Netanyahu. 

La imposible coalición que en su momento definimos como la del agua y el aceite ha sido un breve periodo de tiempo que ha dejado, y sigue dejando, ver las grandes diferencias entre las políticas más conservadoras y las llamadas progresistas. No solo hablamos de diferencias ideológicas sino de diferencias prácticas que han llevado a los enemigos de Israel a perder el respeto, cuando no el miedo, a un gobierno con dos cabezas que Lapid últimamente representaba.

La corriente ideológica de Lapid y sus coaligados tratan de hacer creer a los ciudadanos de Israel que el laicismo militante, mezclado con el bloque islamista y aderezado con progresismo izquierdistas, entre otras mezclas, es la solución para el moderno Israel. No se puede entender al conjunto de la ciudadanía israelí sin entender y aceptar su milenaria fe basada en los Mandamientos del Sinaí.

Los gobiernos definidos como moderados o progresistas no son más que un jarro de agua tibia vertido sobre la cabeza de una sociedad formada en conceptos de fe y de supervivencia político-religiosa. El moderno Estado de Israel no sería estado, ni moderno, sin la fe que ha movido a todas las generaciones anteriores que han conformado con sus grandes sacrificios el más luminoso, profético y avanzado Israel de nuestros días. Toda agresión ideológica a la raíz de la Higuera del Hacedor por muy epidérmica que pudiera parecer siempre tendrá una respuesta emocional en los israelíes, religiosos o no, además del enfrentamiento directo con el Cielo.

Cada conjunción de ideas, que no ideales, de la ya mencionada coalición del agua y el aceite ha servido para juntar a los enemigos de Israel, que con apariencia de amigos estaban minando la senda antigua por la cual han transitado todos los antepasados del Pueblo Judío. Si los Macabeos levantaran la cabeza, esto es una forma de hablar, serían los primeros en enfrentarse con una especie de coalición “greco-romana” que quiso destruir la idiosincrasia religiosa, ética y moral de los judíos. 

La acusación de Lapid de que Netanyahu hará de Israel un estado halájico choca con la mencionada idiosincrasia del conjunto de la sociedad israelí. Todo judío lleva en su ADN religioso la Ley Escrita en las entrañas más profundas de su ser que se despiertan con la menor sensación de ruptura con la más arcaica y milenaria fe. 

La Halajá debe entenderse, a muy grandes rasgos, como la Ley Judía conformada a lo largo de toda su historia cuya base es indiscutiblemente la Torá Escrita, además de la Torá Oral o todas las interpretaciones que han aportado los diferentes maestros y sabios de Israel ¿Qué pueblos tienen una idiosincrasia basada en la Justicia de la Torá? El “estado halájico” de Netanyahu y el estado ilógico de Lapid nunca podrían compararse ya que están diseñados con bases diametralmente opuestas. 

El moderno Estado de Israel está ahora más cerca de ser considerado el Estado que anhelaron todos los antepasados y que apunta a las Leyes del Cielo dejadas en la tierra del Sinaí para bendición a todas las naciones. Si eso es ser un estado halájico bienvenido sea. El tiempo nos da la razón y el Cielo la bendición de ver otra vez a Netanyahu al frente de Israel después de un hasta pronto, que en realidad ha sido como un hasta mañana. Hazlo saber.

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